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MEMORIAS DE ANTICUARIO

Bajo el imperio de la firma. Artistas, clientes y rúbricas

22/10/2017 - 

VALÈNCIA. “La obra sería el pregonero de su autor” decía Antonio Acisclo Palomino (1655-1725), pintor y escritor nacido en Córdoba y que vivió tiempo en València durante el cual abordó proyectos tan importantes como los frescos de la Basílica de los Desamparados y la cúpula de la iglesia de los Santos Juanes. Es decir, la obra por sí misma debería ser la verdadera firma de su autor. Por ello, cuando en el libro que dedica a artistas españoles del Siglo de Oro, habla de la vida y obra del pintor Antonio del Castillo, afirma que en realidad un pintor no debería necesitar de firmar sus obras para identificarse como su autor porque “la propia obra ya lo nombra”. La excepción que contemplaría sería el caso de que la obra de un artista se parezca irremediablemente a la de otro, pues la firma ayudaría a su identificación, como sucede con los retratos de Tiziano en relación con otros artistas del momento.

En el terreno fáctico y actual, a un cliente, por mucho que le guste un cuadro, es frecuente que deje de comprarlo por carecer de firma o bien porque está firmado por un artista ignoto para él. La primera visión se produce a dos metros de distancia y seguidamente se inicia un acercamiento progresivo a la parte inferior de la obra, cual explorador, a la búsqueda de la sagrada firma. Mi reino por una firma. Así son las cosas y me ha sucedido en no pocas ocasiones: la rúbrica manda y mucho. Cuando se trata de un cuadro de alta época, en el que la mayoría de las obras no están firmadas, la pregunta que cae como una losa en muchas ocasiones es ¿pero, se ha encontrado alguna firma?, y con el arte moderno la derivada: me gusta el cuadro, pero ¿de quién es?. Si el nombre del artista conduce a un “pues… no lo conozco”, es muy probable que la bola caiga del lado que no toca y el cuadro se quede ahí, colgado. Afortunadamente no todos los clientes buscan una firme de renombre. Es decir, al final de la partida el asunto no es tanto la calidad de la obra como la firma y por tanto “quién se encuentra tras ella”. Ya en el Siglo de Oro español existían artistas que a través de su rúbrica llevaban a cabo una suerte de campaña de marketing puesto que les convenía que los clientes potenciales, si apreciaban la obra, observaran quién la había realizado. Ciertamente, en determinados contextos, si nos ponemos en la piel del artista, es comprensible.

 
Volvamos al XVII y a unas notas de Palomino que se hacen eco de la obsesión que tenían algunos pintores de firmar todas sus obras cuando, quizás por la poca calidad de su arte no lo merecían. El autor también de una magnífica inmaculada que cuelga en el museo de Bellas Artes, tiene su opinión al respecto y sentencia que, para poder firmar, el artista debía alcanzar una notoriedad e importancia que lo permitiera. Eso de firmar aquí y acullá, cualquier cosa, no lo puede ir haciendo cualquiera, por norma. Cuenta una anécdota protagonizada por un pintor menor como era Juan de Alfaro que sufría de esta obsesión por dejar su firma en todo aquello que realizaba. A su maestro Antonio del Castillo, un artista superior, esto le irritaba hasta el punto de que en una ocasión puso en uno de sus cuadros sarcásticamente y en clara alusión a su alumno, “Non Fecit Alfarus” (no lo hizo Alfaro). De hecho, según Palomino en la segunda mitad del siglo XVII los pintores que firmaban mucho eran objeto de burla y escarnio por parte de sus colegas “tenía tal flujo de firmar”, comenta el autor respecto de Pedro Ruíz González quien tenía la osadía de firmar hasta el más insignificante y mediocre de sus dibujos. Ruíz González de forma avispada respondía en su defensa “que lo hacía así porque no podía permitir que se pudiera responsabilizar a sus colegas de sus propias faltas en caso de confusión”. Palomino habla de la “función económica de la firma” puesto que con la identificación de las obras, el artista podía atraer la atención sobre su obra y así recibir encargos. Sirva como ejemplo el hecho de que cuando Claudio Coello (Madrid, 1642-1693) todavía no era un renombrado artista y trabajaba para su maestro, el reputado Francisco Rizi, éste se ofreció, generosamente, firmar uno de los cuadros de aquel y así poder obtener más ganancias. Coello en un arrebato de orgullo, se negó a tal fechoría. Podríamos seguir con las curiosidades como en caso de, vallisoletano Antonio de Pereda: sus ayudantes tenían que escribirle previamente la firma sobre una hoja de papel, para que la copiara, porque no sabía leer ni escribir. Terminaré mencionando a uno de los grandes maestros; un caso de firma “enciclopédica” era en buen número de ocasiones la de José de Ribera, aunque, a decir verdad, al gran españoleto se le puede permitir lo que quiera: “Jusepe de Ribera español, de la ciudad de Xátiva, reino de Valencia, Académico Romano. Año de 1630” (sic) se podía leer al pie en un San Mateo. A pesar de lo dicho no todas las escuelas pictóricas se movían por los mismos derroteros. Carracci, Caravaggio o Reni o no solían firmar sus obras. Incluso en España mismo había autores muy reacios a firmar, como Velázquez y Murillo.

La estética de la firma

Una rúbrica mal situada, estéticamente cuestionable y de un tamaño desproporcionado es susceptible de afectar de forma negativa al cuadro, pero reconozco que hay firmas apreciables. La muy legible e inconfundible de Picasso es todo un clásico del siglo XX, la completamente ilegible de  Chillida (que me aspen si ahí pone Chillida) entre los artistas del siglo pasado, la muy seria y monumentalmente clásica de Rembrandt o la un tanto indolente de Goya entre los grandes maestros. En el contexto valenciano se me vienen a la mente muchas, pero me parece muy atractiva la de un artista bastante olvidado represaliado de la dictadura, Luís Dubón (1892 - 1953) con una preciosa firma estilo Art Decó. Hay artistas que han firmado con monogramas y el más famoso de estos es, posiblemente, el de Alberto Durero. Otros lo hicieron creando pequeños emblemas. A este respecto es especialmente llamativo el utilizado por el germano Lucas Cranach que a partir de 1508, año en que se le concede el escudo de armas, comenzó a firmar con una serpiente alada que portaba un anillo en la boca y las alas apuntando hacia arriba. A la muerte de su hijo favorito, Hans Canach sucedida en 1538, el mismo monstruo fue representado por el gran maestro alemán, pero en este caso con sus alas hacia abajo, como gesto de luto y melancolía.

Sobre la dificultad sobrevenida de poner la firma, hace poco tuve una tablilla de pequeñas dimensiones de un pintor valenciano de finales del siglo XIX llamado Germán Gómez que, curiosamente, también era anticuario. Se trataba de una  pequeña obra preciosista, muy llamativa, y excelentemente ejecutada que representaba una fallera vistiéndose ante el espejo. Lo colorista de la pieza y sus pequeñas dimensiones, hacían que plantar la firma en cualquier lugar habitual resultara harto complicado porque evidentemente la estropearía. Sin embargo, en el ángulo superior derecho, el artista había reservado un pequeño fondo en penumbra. Gómez eligió este lugar para estampar la firma, aunque sea este en un espacio poco habitual (arriba a la derecha) y que apenas es perceptible, teniéndose que leer con la luz rasante, pues frontalmente no parece que exista firma alguna. Así que la firma está, tenía que estar y estuvo. No había otro camino. No sin mi firma.

 


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