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vidas low cost / OPINIÓN

¿En qué momento la paella se convirtió en un arma para sacar lo peor de nosotros mismos?

13/08/2017 - 

VALÈNCIA. A estas alturas del artículo ya se han enfrentado al poder de la simbología. La imagen que aparece sobre estas líneas es una provocación, pero les advierto que no es ficticia: es la bandera utilizada por la etnia kuna en distintas comarcas de Panamá a inicios del siglo XX. En efecto, se inspiraron en la de España que llevaba un tiempo ondeando allí por muy cristianos motivos. Para diferenciarla, colocaron en el centro una esvástica, símbolo ancestral de la tribu. Sin entrar en detalles sobre los orígenes milenarios, remotos y dispares de esta cruz –y la reinterpretación nazi–, es posible que en el camino que va del titular hasta la imagen haya hecho un juicio previo del texto que va a suceder. Sin embargo, cuando acabe de leerlo, verá que solo es una muestra de la capacidad de distorsión que tienen los símbolos sobre las ideas.

Los símbolos son una de las herramientas más duales inventadas por el hombre: por un lado tienen la capacidad de aunar criterios, habitualmente sometiéndolos a la generalización; por otro, tienen el don de convertirse en un arma de destrucción masiva, provocando exclusión, rechazo y muerte en su nombre o por su defensa. Hay símbolos de todo tipo, pero todos cargan con el peso de un mensaje. Los hay más amables, pero todos, incluso el de la bandera blanca o el de la paz, pueden tener una doble lectura según el contexto y la forma en la que son utilizados. Y los hay prehistóricos, religiosos, militares, preconstitucionales, ilegales y hasta antropomórficos, como Rafa Nadal. 

La gastronomía es el patrimonio de mayor consenso ideológico. Tanto que, en conversaciones tensas, es un desfibrilador de lo más agradecido. Entre pueblos que se han matado –literalmente– y comparten la misma tierra y sus mismos frutos, las recetas eliminan las diferencias políticas y económicas. Por eso (y por cómo nos han cambiado la vida las redes sociales) la paella se ha convertido en el símbolo por antonomasia de los valencianos. El que iguala a los distintos, empasta el pasado y unifica a los rivales en su defensa apasionada por tierra, mar y Twitter

Pero ya saben que los sueños de la razón producen monstruos. Observen el caso:

El pasado domingo muy pocos valencianos conocían el Pub El Ancla, situado en la zona sur de Ávila. Sin embargo, desde que los responsables del local subieron a Facebook esta imagen, han sido miles los que se han sentido con la total confianza para insultarles por ello. Han sido muchos los que han interpretado que los responsables del modesto local estaban delinquiendo contra el honor de este pueblo (el mismo al que le birlaron su nomenclatura de país con tal de aprobar el Estatuto de Autonomía de 1982. Y hasta la fecha, por cierto, sin comentarios online ni más privilegio que el de 'ser'). 

Más allá de los miles de Me Gustas con carita de odio o de las más de 1000 veces en las que se ha compartido la publicación, son preocupantes algunas de las respuestas: "tendría que ser delito", "el cocinero a la hoguera", "dedicaros a hacer zapatos", "sacrilegio" y el repetido "pero esto qué mierda es" se encuentran entre las consideraciones light de este suceso gastrófobo. Me pregunto en qué momento la paella se convirtió en un arma para sacar lo peor de nosotros mismos y me temo que debió ser en el mismo instante en el que la convertimos en símbolo. Así, su defensa a partir de una autenticidad relativa, se convierte en una especie de satisfacción pública por demostrarse muy valenciano.

Déjenme que les cuente algo: una vez le pregunté a un cocinero qué pensaba del blindaje talibán sobre la paella. Aunque ahora es más prudente omitir su nombre (hace dos o tres años y no estaba grabando), me dijo algo así: "a mí me gustaría que la paella fuese como la pizza. Me gustaría que cada región de España, que cada país del mundo, tuviera la suya. Esa sería la fórmula para la verdadera internacionalidad. Porque nadie duda de dónde es la pizza, que puede ser romana o napolitana según su masa, y que lleva tomate, albahaca y mozzarella, pero que ha servido de base para encontrar otros sabores sin dudar de cuál es su origen". 

El mismo buen hombre –y es aquí cuando le delato, pero solo ante quienes le conocen– lleva más de 50 años haciendo arroces en Cullera. Aunque acumula incontables anécdotas, una de las que nos regaló en aquella sobremesa sirve para rebajar los humos de los dueños de la autenticidad: "muchos fines de semana venía a comer 'a casa' Joan Fuster con la cuadrilla de los catalanes. Siempre me decía: 'per favor, no poses conill ni pollastre; posa-li rata de marjal. T'ho demane per favor'. Él quería que pusiéramos rata de marjal porque durante muchos años, años de hambre, quizá décadas, en las zonas de marjal se utilizaba esa rata que había comido vegetales y arroz. Era algo muy habitual en las casas. Para él y para muchos era el auténtico sabor de la paella, de su infancia, de su adolescencia... pero mi madre me decía, si le echas rata de marjal te mato".

Paella de fetge de bou de Casa El Famós

Como supondrán no pretendo que la rata de marjal vuelva a compartir foto con la ferraura y el garrofó, aunque me encantaría probarla. Lo que sí me inquieta es saber cuándo, dónde y cómo establecimos la línea de corte de lo auténtico y, sobre todo, qué valor tiene. Me pregunto si la necesidad por encontrar en la paella un símbolo de unión le hace bien a los valencianos y a su marca, tan fácil de vapulear desde Madrid cuando hay que desviar la atención. Revisando los comentarios a la ingenua y nada apetecible receta del bar de Ávila me pregunto también en qué momento dejamos de entender que la comida, en el mejor de los supuestos, es para disfrutar. Y es solo comida, algo que a base de filtro de Instagram hemos empezado a distorsionar hasta límites difíciles de digerir. Yo, el primero, pero desde hace tiempo preocupado por evitar que una parte tan esencial de lo que somos, de la cultura a la que pertenecemos, se convierta también en un elemento de confrontación. Porque eso si que no.

Por cierto, los responsables del Pub El Ancla contestaron este viernes con humor y sin rencor. Ni siquiera ellos dudan del desatino de su receta y en su mensaje hay más esperanza de que se aproximen a lo que podamos aportarles que en miles de mensajes surgidos de la defensa irracional de un símbolo.

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