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EL TINTERO / OPINIÓN

Que esto se acabe

11/10/2017 - 

Creo que no hablo solo en nombre propio si digo que cada vez más españoles empiezan –empezamos- a estar hartos de estar todo el tiempo hablando del problema catalán. Entre otros motivos, porque estamos saturados de información radio, TV, prensa y redes sociales. Esta sensación de hartazgo nos lleva a querer ignorar algo que no podemos y no debemos ignorar: la gran fractura social que crea el pensamiento y la política nacionalista.

El pasado domingo cientos de miles de españoles se manifestaron pacífica y alegremente por las calles de la ciudad condal y al culminar la marcha se pronunció un brillante discurso –en fondo y forma- del Premio Nobel Mario Vargas Llosa, peruano y español, pues tiene la doble nacionalidad. Antes de destacar algunas de sus frases más brillantes quiero resaltar el esfuerzo de miles de españoles, movidos por la ilusión y la creencia de que estamos ante un momento crucial para el futuro de la nación española -especialmente su unidad como expresión de democracia representativa y su sistema de derechos y libertades- que no dudaron en viajar desde lugares lejanos aunque fuera en el mismo día para estar en Barcelona el 8 O. Y muchos pudieron escuchar en directo estas ideas:

 “Todos los pueblos modernos o atrasados viven en su historia momentos en los que la razón es barrida por la pasión.(...) Pero la pasión puede ser también destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo”

“La peor de todas (...) es la pasión nacionalista.”

“El nacionalismo ha llenado la historia de Europa y del mundo, y de España, de guerras, de sangre y de cadáveres.”

“No queremos que los bancos y las empresas se vayan de Cataluña como si fuera una ciudad medieval acosada por la peste.”

 
En las sabias palabras del escritor encontramos algunas denuncias que llevamos décadas ignorando o infravalorando, como que el nacionalismo ya se ha manifestado en otros momentos de la historia y siempre ha causado mal y destrucción, ha empobrecido a la sociedad donde se inoculaba y ha generado guerras donde el ser humano muestra su lado más cruel y descarnado. Y pese a todo, los españoles llevamos mucho tiempo tratando al nacionalismo catalán como una cuestión de niños o una simple reivindicación económicos y de competencias. Hasta qué ha mostrado su rostro más auténtico y entonces el pueblo ha comenzado a despertar.

No sólo los ciudadanos anónimos con sus banderas y sus cánticos improvisados sino las grandes empresas y diversas personalidades han comenzados a dar un paso adelante –nunca mejor dicho- y trasladar domicilios sociales y sobre todo escribir en medios o hablar públicamente criticando las decisiones de los actuales líderes. Si bien es cierto que algunos de esos mismos personajes y algunas empresas en otros momentos miraron hacia otro lado o incluso no veían con malos ojos las soflamas del nacionalismo catalán. Ahora unos y otros claman al cielo y piden ese sobrevalorado “seny” que hace lustros que brilla por su ausencia pese a que los demás españoles siempre somos muy generosos a la hora de referirnos a los catalanes.

La inmensa mayoría de esta sociedad civilizada y democrática que conforma España asiste atónita a esta patética y peligrosa obra de teatro que se reproduce por capítulos, a cada cual más grotesco, como el vivido ayer en el Parlament con un sí pero no para declarar la independencia. Y con hordas subidas a sus tractores en las calles de la antaño cosmopolita y vanguardista Barcelona. Cuánta ignorancia y cuánto odio han ingerido para creer en esa utopía tan irreal como peligrosa. Ni la corrupción y los millones robados por el clan Pujol les ha hecho caer del caballo y abrazar la realidad: políticos corruptos y ladrones hay en todos los partidos políticos, en todos. Y el nacionalismo por su endogamia tiende a perpetuarse y a favorecer sólo a sus acólitos, siendo así fácilmente corruptible.

En esta víspera de la fiesta nacional, el Día de la Hispanidad que debería ser de celebración y orgullo en toda España y en alianza con toda Iberoamérica, estamos pendientes de una Cataluña dominada por grupos radicales y minorías que pretenden aniquilar todo el progreso y desarrollo que hemos logrado en 40 años de democracia. Que acabe todo esto y ojalá la educación volviera a ser un mecanismo ni sólo de aprendizaje, sino de progreso social, como lo era antaño. En lugar de ser ese atroz instrumento de manipulación que es en Cataluña, como veíamos en ese abecedario independentista. La ley debe prevalecer y debe imponerse sin temor, por favor ¡que acabe todo esto!

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