Música y ópera

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'Les sucettes': la mayor canallada de la historia del pop francés

Serge Gainsbourg escribió una letra para una Frances Gall de 18 años con dobles sentidos sobre hacer una felación sin que ella lo supiera. Se rió toda la vida de la broma

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VALÈNCIA. Esta semana, escuchando música tranquilamente, caí en el Faut-it que je t’aime de Cristina Quesada, una versión de France Gall. Es una canción conocida, pero esta actualización es tan buena que la acabas poniendo una y otra vez hasta que los que viven contigo cogen el teléfono para llamar a la Guardia Urbana. 

Tirando del hilo, estuve revisando todo el material de la francesa y llegué a un momento histórico que protagonizó en televisión; un suceso que es un hito en la sinvergonzonería masculina y, con la forma de pensar actual, quizá también con la de entonces, algo condenable. 

El hombre en cuestión es Serge Gainsbourg, que tenía 20 años más que ella cuando la cantante era adolescente. Su relación fue exclusivamente profesional. Trabajaban juntos componiendo música. Organizaban los encuentros como si fuesen merendolas y él era tan cursi que le regalaba un peluche en cada sesión. Más le valía, porque ella salvó su carrera. 

En aquel momento, los discos de jazz de Gainsbourg no se vendían y estaba a punto de irse al garete. France lo trataba de “usted”, con una respetuosa distancia, pero juntos la cosa funcionó y firmaron páginas doradas en la historia del pop. El género ye-ye estaba bien establecido, pero ambos lo llevaron a otra dimensión subvirtiéndolo. Si estos artistas transmitían inocencia y sentimentalismo adolescente entre melodías inofensivas, el ‘proyecto France Gall’ iba a estar lleno de dobles sentidos, autoridad femenina y el contraste de mensajes negativos entre melodías alegres. 

Incluso se salían del propio personaje para reírse de él. En N’ecoute pas les idoles se mofaban del mercado que ellos mismos estaban explotando. Si el doo-wop, el rock y el primer pop en los años 50 y 60 fue, ante todo, una música para sacarle el dinero a los adolescentes vendiéndoles lo que les interesaba, el amor, explotando su inseguridad empujándoles a la idolatría, esta canción criticaba el amor idealizado de todas las letras de la época. Vendió 300.000 ejemplares. 


O en Poupée de cire, poupée de son, de 1965, con la que fueron a Eurovision (¡boicot!), donde France recita que es una marioneta dentro de la industria musical que no canta lo que siente, sino lo que la hacen cantar. Es un producto para el público, al que transmite emociones que desconoce y no ha sentido. Un troleo de consideración al business

Por no mencionar Baby Pop, que era absolutamente proto-punk. En un mundo lleno de muerte y guerras como el de los 60, cuando el destino de toda joven era casarse y pudrirse, solo quedaba bailar como si al amanecer esperara la muerte. Podrían haberla cantado los Cicatriz. 

Aquello fue una explosión. Vendían como churros, ella salía en la portada de las revistas más importantes. Fueron a Eurovision representando a Luxemburgo y ganaron, a pesar de que los miembros de la orquesta silbaron su canción durante los ensayos porque la consideraron demasiado rápida e impropia del concurso. Tras el triunfo, el single vendía 15.000 copias diarias -era 1965-, se tradujo a múltiples idiomas y en Japón llegó a ponerse por delante de los Beatles. Ella se convirtió en la reina absoluta del movimiento yé-yé y él, en uno de los compositores más solicitados del mundo. 

Entonces llegó marzo de 1966. France, con 18 años ya, grabó “Les Sucettes” (las piruletas). La cantante interpretó la canción con su característica inocencia, convencida de que se trataba de una canción sobre una niña, Annie, a la que le gustaban mucho las piruletas de anís que se compraba en el drugstore. 

En la industria no eran tan cándidos como ella y, en televisión, la puesta en escena ya jugaba con el doble sentido. Aparecían formas fálicas, las figurante se metían caramelos en la boca con miradas a cámara poco inocentes. Todo fue idea del realizador Jean-Christophe Averty, que logró un gran escándalo, a nadie se le escapó el doble sentido de las imágenes, y la canción, por supuesto, fue un éxito de ventas. Pero claro, lo que decía era: 

Cuando el caramelo

perfumado de anís

baja por la garganta de Annie,

ella está en el paraíso.

 

Gall no se enteró de nada porque, a las pocas semanas de la grabación, salió para Japón. En las biografías de la cantante no se detalla quién le dio la noticia, pero se sabe que estaba sola en una habitación de hotel en Tokio cuando se dio cuenta de lo que le había hecho Gainsbourg sin su consentimiento. Se sintió humillada y utilizada por alguien en quien confiaba. Lo peor fue comprender en ese momento por qué los figurantes de los platós televisivos la miraban riéndose mientras actuaba. 

En  la prensa dijeron de ella que era “una pequeña estúpida sin cerebro” o una “niña boba”. Mientras que la sociedad biempensante francesa, que ojito con ella también, estaba indignada por la exhibición de una “niña buena” que iba cantando “letras pornográficas”. En sus biografías ella dice que empezó a temer a los hombres en ese momento. Hay que añadir que su pareja de aquel entonces, Claude François, la estaba sometiendo a un infierno de acoso y vigilancia por sus celos enfermizos. 

Lo más humillante fue cuando tuvo que aparecer junto a Gainsbourg en programas de entrevistas en televisión y él, antes de que ella fuera consciente del engaño, le pidió que explicara la letra de las piruletas. France, sin sospechar, le contó la historia de una niña que le gustaban mucho las piruletas. Sin más. Cuando cayó en la cuenta de todas estas humillaciones, llegó a estar meses encerrada en casa, mientras sus representantes la presionaban para que siguiera trabajando con Gainsbourg. Es decir, para que siguiera funcionando la máquina del dinero. 

Con los años, Gainsbourg explicó que para él era muy divertido que una chica de 18 años, educada en un entorno burgués y religioso, cantase algo cochonne (sucio) con la entonación de una canción infantil. La utilizó para dar rienda suelta a sus provocaciones, de hecho, explotó esta situación durante años con comentarios irónicos riéndose de ella en cada ocasión que le era posible. 

Años más tarde, Gall confesó haberse sentido “violada simbólicamente”. Finalmente, dejó de trabajar con él y pasó una época tormentosa de la que le costó levantar cabeza. Afortunadamente, todavía le aguardaban momentos brillantes en su carrera, como el éxito de Ella, ella l’a, junto a su marido Michel Berger. Pero en los 60, esas letras sobre ser una marioneta, se manifestaron en ella en toda su crudeza. Las encarnó. Gainsbourg no estaba criticando la manipulación de las adolescentes, la estaba ejerciendo, disfrutando y contándosela a todo el mundo. 

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