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Menos madera y más identidad: el giro de Carmelo Rodero en Ribera del Duero que conquista Alicante

La familia combina historia, técnica y visión comercial para consolidarse en una plaza clave del Mediterráneo

  • Carmelo Rodero
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ALICANTE. Los vinos de Carmelo Rodero, en la Ribera del Duero, hay que entenderlos desde mucho antes de que empezara a andar su bodega en Pedrosa de Duero (Burgos). “A mí siempre me gusta contar cómo fueron mis inicios”, confiesa el empresario burgalés. Y es que su relato es memoria del campo y de cómo construir un verdadero legado vitivinícola que dirige junto a sus dos hijas. “Yo para vivir necesito muy poco, pero la satisfacción que me transmiten ellas no tiene comparación”, asegura sobre el trabajo que hoy realizan a su lado.

Siendo niño guardaba ovejas para ayudar en casa, una familia humilde que trabajaba en el campo “para sobrevivir”, y después se convirtió en un adolescente osado que, sin dinero, convenció a un concesionario para que le vendiera una empacadora de paja que no podía pagar. Una operación cerrada por intuición y necesidad que fue el primer paso para obtener los recursos que le permitirían forjar una larga trayectoria en la viña. “Lo más importante en la vida es trabajar en lo que a uno le gusta”, afirma.

Entonces él no lo sabía, pero su intuición avanzaba tozudamente hacia el control de la materia prima con la convicción de que el vino no se construye en la bodega, sino en la cepa. Así, a lo largo de varios capítulos épicos de la historia de su vida, fue aumentando los terrenos, pero también los clones de uva que hoy dan esos caldos tan característicos como deseados. “No tenemos varita mágica; hay buena uva o no hay buen vino”, sentencia.

Esa frase, lanzada casi como una obviedad, explica muchas de las decisiones que hoy definen a las Bodegas Carmelo Rodero: rendimientos contenidos, selección propia de material vegetal, vendimias en el momento exacto y una apuesta firme por prácticas agrícolas que buscan equilibrio antes que volumen. Cualidades con las que ha creado una gama de exitosos vinos a lo largo de décadas. Unos caldos con los que hoy busca abrirse paso con más fuerza que nunca en un territorio concreto: Alicante.

Con esa intención se desplazó a la terreta la familia al completo la pasada semana. Con el objetivo de dar a conocer, desde la Finca Santa Luzia, su nueva unión con Jon Uriarte, de la distribuidora local Exclusivas Uriarte, en un ejercicio de expansión empresarial con el que están captando la atención del sector hostelero alicantino. Y es que el relato merece la pena. El de un proceso de producción a partir de fermentaciones con levaduras propias, vinificación por gravedad para evitar agresividad y extracciones contenidas.

Beatriz Rodero, directora técnica de la bodega y encargada de trasladar esa uva a vino, dibuja un modelo de elaboración que rehúye la intervención innecesaria e insiste en una idea concreta “Queremos vinos con músculo, pero que pasen con facilidad”, describe. Y es que, en un territorio históricamente asociado a tintos potentes y a veces severos, la intención es mantener la estructura, pero ganar en fluidez. Menos madera y más identidad.

Ese cambio de mirada no es solo técnico, sino también conceptual. María Rodero, directora comercial, lo explica al abordar una de las decisiones más visibles de la bodega en los últimos años, que es la transformación de su gama. “No queremos estar encasillados en el concepto de crianza o reserva”, señala. De ahí que algunos términos tradicionales desaparezcan del frontal de las etiquetas o se reformulen.

Cinco referencias que hablan de identidad

El caso más evidente es el de Raza, el vino que sustituye al antiguo reserva y que se está convirtiendo en el buque insignia de la casa, pero también en el “niño mimado”. Un nombre que busca hablar de origen, de identidad, de algo menos rígido que una categoría normativa y también de algo más cercano a lo que realmente hay en la copa. Así, en ese contexto, las referencias se suceden como capítulos de un mismo discurso.

El primer vino, y también el más joven, es 9 Meses. Con la suficiente estructura como para acompañar una comida o una cena, pero con la suficiente frescura como para beber sin pensar demasiado. Después, Carmelo Rodero, que funciona como carta de presentación. Es fresco, directo, y pensado para gustar sin necesidad de explicaciones. En palabras de la propia familia, el vino que “te bebes sin darte cuenta”. Frente a él, Raza aparece como una declaración de intenciones más marcada, con mayor profundidad y un carácter que, según reconocen, lo ha convertido en la estrella de la casa por la rapidez con la que ha conectado con el público.

El recorrido avanza hacia territorios más emocionales con el Pago de Valtarreña, ligado a las viñas históricas de la familia. Un caldo que nace a partir de cepas viejas en parcelas concretas y con la idea de que el vino puede ser también una forma de conservar el pasado. Y no es un ejercicio de nostalgia, sino de identidad. Una personalidad que se ve reforzada en TSM, que todavía es más estructurado y más ambicioso, demostrando que esa búsqueda de equilibrio no está reñida con la complejidad.

Ni mejores ni peores, sino diferentes

Todo este relato se enmarca en una filosofía común que resumen con una frase sencilla, pero reveladora. “Nuestros vinos no son mejores ni peores, sino que son diferentes”, sentencia Carmelo Rodero. Una frase con la que va más allá de lo técnico y lo emocional para abundar en lo estratégico, ya que esa es la idea con la que recalan en Alicante con la intención de abrir mercado y de formar parte de su dinamismo hostelero, pero también de la vida de los alicantinos. 

Su presencia irregular en mercados como este, pese a su evidente potencial, cambia por completo ahora con la apertura de una nueva etapa junto a Uriarte con el objetivo de “reforzar” la zona y aprovechar un entorno con un alto nivel hostelero, con un consumidor acostumbrado a los vinos de la Ribera del Duero. “No se trata de crecer sin control, ya que la producción está limitada y la filosofía de la casa no pasa por aumentarla, sino de ordenar y de estar donde tiene sentido estar”, describen, y Alicante aparece así como un territorio prioritario, no solo por volumen, sino por afinidad.

 

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