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San Jorge y Alcoy: una fiesta identitaria

Publicado: 24/04/2026 · 06:00
Actualizado: 24/04/2026 · 06:00
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Alcoy ha inaugurado el Año Jubilar con motivo del 750 aniversario del patronazgo de San Jorge, a quien dedica sus fiestas de Moros y Cristianos. La efeméride brinda una oportunidad excepcional para restituir al santo en el centro simbólico de una celebración profundamente arraigada en la historia, pues rememora la batalla de 1276 en la que murió el caudillo al-Azraq. Como señaló Juan Alfonso Gil Albors: “Solo las festividades que conmemoran un hecho histórico son capaces de hacer temblar al espectador”. 

A ese sustrato histórico, recogido en la crónica de Jaume I, se superpone la tradición, según la cual San Jorge intercedió en favor de los cristianos. De esa confluencia nace el relato, en el que se reconocen las comunidades y se forjan las identidades. No en vano, los manuales de historia siguen mencionando a Rómulo como fundador de Roma pese a la ausencia de pruebas concluyentes. 

Reivindicar la figura de San Jorge implica subrayar el carácter identitario de la fiesta: remite a la integración de la villa medieval en el espacio cristiano y europeo tras su incorporación al recién creado Reino de Valencia. La temprana devoción al santo delata, además, el origen de quienes repoblaron el territorio, procedentes de distintos enclaves de la Corona de Aragón. De haber sido otros, otros serían también los referentes devocionales. 

Las investigaciones recientes han matizado la cronología tradicional: la batalla no tuvo lugar el 23 de abril, sino el 5 de mayo. Este ajuste ha sido utilizado por algunos sectores para relativizar —cuando no desplazar— la centralidad del santo en la fiesta. El argumento, en el fondo, confunde precisión histórica con significado cultural. 

Ya en la década de 1970, el historiador Francisco de Paula Momblanch situaba el enfrentamiento en “un día de primavera de 1276”. Supo ver que lo decisivo no era la fecha exacta, sino el marco mental de quienes invocaban a San Jorge, familiarizados desde tierras catalanas y aragonesas con relatos de intervenciones milagrosas en combate. Y también el hecho de que al-Azraq, persistente adversario de Jaume I, encontrara en Alcoy su final. 

El relato alcoyano, documentado desde el siglo XVI, inserta a la ciudad en una geografía simbólica compartida con otros enclaves asociados al santo, como Alcoraz, Mallorca o El Puig, donde la victoria de Jaume I abrió las puertas de Valencia. Esta última escena quedó fijada en el retablo del Centenar de la Ploma, hoy conservado en el Victoria and Albert Museum de Londres. San Jorge desborda así el ámbito local para convertirse en un referente de mayor alcance territorial. 

El esquema narrativo no es casual. Responde al modelo de los cantares franceses del siglo XII que evocaban apariciones celestiales de San Jorge en Antioquía o Jerusalén durante la Primera Cruzada. Jaume I recurrió a ese mismo patrón al relatar la conquista de Mallorca: visión del santo, irrupción sobre caballo blanco, desbandada musulmana y victoria cristiana. 

La difusión de estos relatos de legendarias apariciones celestiales obedecía a intereses precisos: las monarquías europeas se legitimaban como herederas del ideal cruzado y, al mismo tiempo, fijaban símbolos de cohesión colectiva. A ello contribuyó de forma decisiva Pere el Cerimoniós (1319-1387), cuya devoción impulsó la proliferación de intervenciones milagrosas atribuidas a San Jorge. 

Con el paso del tiempo, muchas de estas narraciones se han desdibujado. En Alcoy, sin embargo, la devoción documentada desde los siglos XIV y XV cristalizó en el XVI con la aparición del relato milagroso, y en el siglo XVIII dio lugar a la actual fiesta de Moros y Cristianos. Asumir ese origen mítico no debilita la celebración: la explica. Por ello, más que diluir su presencia, desde Alcoy cabría reivindicar a San Jorge no solo como eje central de su fiesta, sino como uno de los emblemas identitarios valencianos. El Año Jubilar ofrece una ocasión propicia. 

San Jorge, megalomártir venerado en todo el Mediterráneo, constituye el rasgo distintivo de la fiesta alcoyana. Prescindir de él equivale a vaciarla de sentido hasta convertirla en un espectáculo brillante, pero desprovisto de historia, arraigo y significado. Solo desde la comprensión de su origen —y del contexto en que lo milagroso formaba parte de lo verosímil— podrá conservar su singularidad. Porque, como recordó Carmen Llorca: “Alcoy, como las ciudades elegidas en la Edad Media, tiene su historia y su patrón”. 

 

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia

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