VALÈNCIA. Cualquier ilustración de las diseñadas por Jean-Jacques Sempé para el insigne personaje literario creado por el escritor y guionista de cómics René Goscinny en 1956, El pequeño Nicolás, da cuenta del rico microuniverso que es el recreo. Suena la campana y Nicolás y su pandilla de amigos gritan de euforia desbocada. El patio de la escuela es ese lapso entre clases donde, a pesar de la mirada inquisitiva del Caldo —el vigilante más temido sobre la faz de la Tierra—, Alcestes, Clotario, Godofredo, Majencio, Eudes y demás críos de siete años saben que les espera un no parar de comer bollos, inventar juegos, darse puntapiés, perseguirse, enfadarse y desenfadarse sin orden, concierto ni medir las consecuencias.
Ese pequeño gran mundo es el que del 6 al 11 de mayo recrean Pérez&Disla en el Teatro Principal en la producción de Escalante El pati, donde la escenografía emula ese espacio físico delimitado en cualquier centro educativo.
“Hemos descubierto que es un universo a escala, donde la magnitud de las vivencias es igual de intensa que en el mundo exterior; donde las traiciones son muy traiciones y las emociones son muy emociones. No tanto los amores, porque todavía no están en ese punto”, distingue el dramaturgo de la pieza, Juli Disla.
Para documentar su texto, junto al director de la propuesta, Jaume Pérez Roldán, se han volcado durante un año en un trabajo de campo que arrancó en la Escola Les Carolines de Picassent y, en una segunda fase, en un curso de quinto de la ESO del CEIP Les Arenes, en Poblats Marítims de València, donde recopilaron muchas de las anécdotas que se van desgranando en la obra. La investigación “para hacer una cartografía de su manera de relacionarse” culminó en el CEIP Jaime Balmes, en el barrio de Ruzafa.
Durante todo este tiempo han entrevistado a sus alumnados y profesorados para indagar tanto en los vínculos de fuerte amistad como en los monumentales enfados. “Nos contaron sus pequeñas movidas, lo que les interesa, de lo que hablan, dónde se sitúan, a qué juegan. Ha sido un trabajo muy enriquecedor, porque recoge la potencia con que viven de lunes a viernes esos 30 minutos”, explica Disla.
El puñado de historias entrecruzadas de su montaje se ha vertebrado a partir de tres protagonistas , cuyas historias se entrelazan: el niño de la capucha, el niño del bocadillo grande y la niña de las mallas. A esa trama central se suman lo que han llamado “històries menudes”, donde el público conoce a pequeños protagonistas momentáneos puntuales, como un chavalín que cuenta un sueño y otro que se queda escondido y nadie encuentra.

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- Foto: Assad Kassab
Temores y penas de segunda
A menudo, los adultos no nos tomamos en serio los temores, inquietudes y frustraciones infantiles, infravalorando lo que son dolorosas revelaciones. Ese pequeño universo se manifiesta en todo su potencial de gozo y de sufrimiento en los patios de recreo, con explosiones de júbilo que se alternan con hondas tristezas. Pérez&Disla no lo han pasado por alto.
“En lo que les pasa hemos descubierto intensidad y autenticidad. Puede que, aparentemente, lo que tienen que resolver no parezca nada profundo, pero es su vivencia -señala el dramaturgo-. Si hay una traición o una decepción, es muy importante para ellos. También nos han contado las maestras que sucesos como que uno empuje a otro los arrastran el resto del día. Es una crisis que de repente se les atasca toda la semana, aunque a nosotros puedan parecernos tonterías y lo resolvamos diciéndoles: “Bueno, te ha empujado, pues le pides perdón y ya está””
El patio es un espacio en el que la infancia entrena para vivir en sociedad. La escuela no solamente les provee del aprendizaje de las materias, sino también del aprendizaje del otro. Esa doble enseñanza se plasma en el texto.
Los papeles se pueden intercambiar y de una manera más rápida de lo que podamos presuponer. Las fronteras entre los diferentes roles sociales son muy porosas y pasar por todos los estados forma parte de la enseñanza para la vida.
“Es algo que hemos tenido presente y se ve en la frenética actividad, en la alternancia de roles y en el cambio de interlocutores -avanza Juli Disla-. Ahora corro por aquí y me junto con estos y estoy en un estado de ánimo, luego me junto con las otras y me vuelvo más activo, pero luego me encuentro con aquel y juego un papel más conciliador”.
Atender una obra desde dentro de la escenografía
El espacio está muy presente en el espectáculo. Cuando los niños y las niñas llegan al teatro, se les da acceso a un patio. El público está dentro de su reproducción física, con la presencia de una portería y de gradas que simulan las propias de un colegio.
“En el patio pasan muchas cosas, y una parte de lo que sucede creemos que es magia. En general, la estética, la propuesta escenográfica de Blanca Añon; musical y sonora, de Carles Salvador; y de iluminación, a cargo de Marc Gonzalo, busca esa poesía”, avanza el creador.
El escenario del Teatro Principal se convierte en ese concentrado de experiencias en un espacio delimitado con una aparente libertad, que no es tal porque están vigilados. “Hay 8000 conversaciones a la vez: uno se cae, el otro salta, el otro juega, el otro se cruza, todo a la vez. Intentamos reproducirlo, pero con las normas del teatro. Y eso es lo que les planteamos a los niños al inicio de la función”, describe el autor, quien revela que hay momentos en los que se integra de una a cinco de las personas asistentes para participar directamente en las escenas.
En el diseño del espacio sonoro hay una parte musical. donde se busca acentuar el aspecto más íntimo del montaje, con una documental captada en las prácticas que han hecho en los tres colegios donde ser recoge el realismo del jaleo genérico en el patio, que puede a mayor o menor volumen en función de si ha salido una clase al recreo o la totalidad del colegio, con alguien que grita, otro que corre, aquella que se cae, una pelota que bota…
Un aprendizaje de ida que debería ser de vuelta
Manu Canchal y Tània Fortea son los conductores de la representación. Ambos investigan, contrastan versiones y descubren la verdad en las historias extraordinarias y cotidianas que pasan en el tiempo de esparcimiento.
Los actores no interpretan a las criaturas, sino que son narradores del guirigay al que asisten en el patio. La compañía tampoco busca representar la voz de sus sujetos de estudio ni entrar en los conflictos psicológicos, sociales y emocionales: “No nos acercamos al acoso escolar, a la discriminación ni a la desigualdad entre chicos y chicas. Hay problemas que también existen en los colegios y en la vida, pero nosotros no vamos por ahí”, advierte Disla.
No obstante, en su montaje se puede entresacar el influjo que ejercemos los mayores en estos microuniversos. “En un momento dado, en la obra se apunta que no todos los problemas del patio pasan en el patio. Algunos ya vienen de fuera, sus protagonistas los arrastran de sus familias. A veces, de hecho, son una prolongación de esos conflictos”.
La compañía, en contraste, propone que los adultos aprendamos de las generaciones más jóvenes.
“Lo que tendríamos que hacer es observarles con más detenimiento, porque encontraremos una manera de relacionarnos más auténtica, menos contaminada que la nuestra, porque estamos hartos de todo y tenemos reacciones viciadas. Deberíamos aprender a leer las historias que pasan desde su manera, tan limpia”.